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El hablar de la Guardia Civil exige, de manera imprescindible y casi ontológica, adentrarse en la arquitectura del honor. Pocas instituciones en la historia contemporánea de España han cimentado su razón de ser, su permanencia y su prestigio de forma tan intrínseca sobre un principio ético singular.

El precepto grabado a fuego en el artículo 1º de la Cartilla del Guardia Civil de 1845 «El honor ha de ser la principal divisa del Guardia Civil; debe por consiguiente conservarlo sin mancha. Una vez perdido no se recobra jamás», no constituye una mera proclama retórica, sino la piedra angular sobre la que se erigió el éxito del benemérito Instituto.

Con ocasión de su ingreso como Académico de Número en la Academia de las Ciencias y las Artes Militares el 21 de junio de 2023, D. Jesús Narciso Núñez Calvo planteó en su magistral discurso dos interrogantes clave que atraviesan la historia institucional: ¿Por qué el Duque de Ahumada invocó, desde el comienzo del código deontológico, el Honor como principal divisa de quienes lo integraban? ¿Y por qué si se perdía no se podía recobrar jamás?. Despejar estas cuestiones nos permite comprender no solo la genialidad organizativa de Francisco Javier Girón Ezpeleta, sino también la honda vigencia del Decálogo del Honor concebido por Manuel Ángel Morales Gutiérrez.

I. Las dos incógnitas fundacionales: El diagnóstico de Ahumada

Para responder a la primera interrogante formulada por el Dr. Núñez Calvo, es preciso retrotraerse a la España de las primeras décadas del siglo XIX. El país padecía una sangría institucional y una situación de inseguridad pública desoladora: los estragos de la Guerra de la Independencia, la pérdida de los territorios ultramarinos, las luchas fratricidas entre absolutistas y liberales, y la devastación de la Primera Guerra Carlista. Los caminos eran dominio del bandolerismo y la delincuencia, paralizando la economía nacional.

Los sucesivos intentos de crear cuerpos de seguridad —como la Salvaguardia Nacional, la Milicia Nacional o la Policía General del Reino— fracasaron estrepitosamente. La causa principal de su caducidad y desprestigio radicaba en su vulnerabilidad moral: la falta de una fuerza propia uniformada y profesional, sumada a la diseminación de sus agentes y a la plaga de la corrupción, las vejaciones y el soborno. Como señala Núñez Calvo, en otras organizaciones paralelas como los Carabineros del Reino (creados en 1829), ya se atisbó la necesidad del «honor militar» para combatir el fraude, puesto que frente a la tentación económica del soborno no existe mayor salvaguarda que el honor.

«Actuar con honor significa comportarse con rectitud en toda circunstancia, po

r encima de intereses y dificultades... El honor no tiene cotización económica»

Cuando el Duque de Ahumada asumió la organización de la Guardia Civil en 1844, comprendió que sus hombres prestarían servicio de forma extremadamente diseminada en recónditos puestos rurales, actuando por parejas o en pequeñas partidas, lejos de la vigilancia directa de sus oficiales. La honradez ordinaria o el mero acatamiento de la legalidad no bastaban.

Se requería un motor interno que guiase la conducta individual de forma implacable en todo momento. Ahumada universalizó el honor —tradicionalmente reservado a la clase de oficiales en las Ordenanzas de Carlos III— aplicándolo a todos los guardias civiles sin distinción de empleo.

Priorizó el Honor porque era el único antídoto contra la corrupción y la clave para ganarse el aprecio, el respeto y la confianza de una sociedad exhausta. Respecto a la segunda incógnita ¿por qué una vez perdido no se recobra jamás? la respuesta radica en la naturaleza inviolable de la reputación de una institución de seguridad pública. Para que un guardia civil fuera temible solo a los malhechores y un «pronóstico feliz para el afligido», su credibilidad debía ser absoluta.

La pérdida del honor por un comportamiento inmoral, arbitrio o corrupto manchaba irremediablemente no solo al individuo, sino a la colectividad. El honor, entendido como la coherencia entre el deber e la acción, es intrínsecamente frágil: una sola quiebra rompe el pacto de confianza sagrado con el ciudadano. Quien faltaba al honor quedaba desligado moralmente de la «senda del honor» y no podía continuar vistiendo el uniforme benemérito.

II. Manuel Ángel Morales Gutiérrez: La herencia viva del Cuerpo

Comprendida la dimensión histórica y doctrinal del honor en la Guardia Civil, cobra una dimensión sobrecogedora la obra de Manuel Ángel Morales Gutiérrez. Hijo del Cuerpo y criado en las vivencias cotidianas de una casa cuartel, Morales Gutiérrez lleva en sus venas la impronta de la tradición, la entrega y la rectitud. De su padre, guardia civil retirado cuya pluma aún traza la esencia de la lealtad, heredó una profunda vocación de servicio que hoy despliega como profesor de Secundaria.

Semblanza del Autor: Manuel Ángel Morales Gutiérrez

Criado en el seno acogedor de una casa cuartel e inspirado por el artículo 1º de la Cartilla fundacional, Manuel Ángel Morales Gutiérrez representa el verdadero espíritu de los «hijos del Cuerpo». Arquitecto de formación y professor en ejercicio, su obra no nace del artificio académico, sino del amor de quien ha visto encarnados los valores del sacrificio y el honor en el ejemplo diario de su propio padre. Su Decálogo del Honor es una ofrenda ética a la Guardia Civil y un compendio de sabiduría moral para toda la sociedad.

Morales Gutiérrez ha logrado articular una relectura del Honor que dialoga con los tiempos actuales sin perder un ápice de su firmeza fundacional. Su Decálogo del Honor trasciende la esfera puramente militar o profesional para convertirse en un tratado de excelencia humana y moral.

III. El Decálogo del Honor: Una renovada mirada axiológica

Frente a concepciones arcaicas o superficiales que reducen el honor a la mera vanidad o a un formalismo pretérito, Morales Gutiérrez proyecta diez principios renovadores que revelan la poliédrica belleza del término. Su planteamiento ilumina facetas que resultan profundamente sugerentes e innovadoras:

EL DECÁLOGO DEL HONOR — M. Á. MORALES GUTIÉRREZ

LIBERTAD: El honor hace brotar, como un manantial cristalino, los valores basales que custodian y velan por la verdadera libertad.

DEBER: Arroja luz en la tiniebla, luz que dibuja el camino atemporal de la belleza del deber y de la obligación moral.

SACRIFICIO: No conoce ni concibe ni el odio ni la venganza ni el rencor, alimentándose su espíritu de la valentía y del sacrificio.

JUSTICIA: Adalid de la justicia, inflexible con la deslealtad y bálsamo de la aflicción.

LEALTAD: Virtud de nobleza sin medida que solo habita en el alma de la conciencia y de la responsabilidad.

FIRMEZA: Juez de naturaleza implacable traza el camino justo cuando nuestra condición humana opta por la debilidad como medio.

DIGNIDAD: De naturaleza inmortal rige el tiempo, marcando el sendero íntegro del pundonor y de la honradez.

PAZ: Abrigo del afligido anhela inquebrantablemente la esperanza y la paz.

SERVICIOS: El honor es intangible, pero rige y habita en los pensamientos y acciones que son fieles a lo humano.

AMOR: Patrimonio del alma cuya presencia incondicional es por y para el prójimo con integridad, disposición y amor.

Resulta deslumbrante cómo el autor entrelaza el Honor con la Libertad (01). Lejos de ser una imposición coactiva, el honor es la garantía suprema del ser libre: solo quien posee un norte moral inquebrantable no es esclavo de las pasiones, de la codicia o de la debilidad. Del mismo modo, vincular el Honor al Amor (10) como patrimonio inmaterial del alma cuyo bien es la «presencia incondicional por y para el prójimo» otorga una dimensión profundamente humanista a la labor benemérita. En esa síntesis se concilia la «fuerza moral» ideada por Ahumada con la devoción al servicio al necesitado.

Asimismo, la definición del honor como Firmeza (06) contrapone la excelencia moral frente a la tentación de la debilidad, conectando de forma impecable con la consigna de Ahumada de ser «prudente sin debilidad, firme sin violencia». Y su identificación con la Paz (08) y la Justicia (04) refrenda el espíritu del guardia civil como el «pronóstico feliz para el afligido».

Conclusión: La perennidad del Honor

Al responder a D. Jesús Narciso Núñez Calvo, reafirmamos que el concepto del Honor invocado en 1845 no solo debe mantenerse en su misma esencia y firmeza, sino que es la condición de posibilidad para el futuro de la Guardia Civil. La sociedad actual, marcada en ocasiones por el pragmatismo utilitarista y la inmediatez, necesita más que nunca de faros éticos inamovibles.

El Decálogo del Honor de Manuel Ángel Morales Gutiérrez nos demuestra que la herencia recibida de los fundadores no es una reliquia estática, sino una llama viva. Al igual que la pluma del Duque de Ahumada define el sentir de una época, las palabras de Morales Gutiérrez, llenas de devoción filial e institucional, nos recuerdan que el honor es, en última instancia, el aliento que eleva nuestras acciones por encima de la trivialidad, guiándonos hacia la plenitud de una vida noble, justa y eternamente benemérita.

FUENTES E HISTORIAL DOCUMENTAL CONSULTADOS

  • Núñez Calvo, Jesús Narciso (2023): El predicamento del honor en el periodo fundacional de la Guardia Civil. Discurso de ingreso como Académico de Número en la Academia de las Ciencias y las Artes Militares (21 de junio de 2023).
  • • Morales Gutiérrez, Manuel Ángel: El Decálogo del Honor.
  • • Prólogo al Decálogo del Honor: Semblanza biográfica sobre Manuel Ángel Morales Gutiérrez. • Cartilla del Guardia Civil (1845): Aprobada por Real Orden de 20 de diciembre de 1845 (Redactada por el Duque de Ahumada).

José Manuel Corral Peón – Comandante (R) de la Guardia Civil