
El deportista riojano con discapacidad visual y el guardia civil de la Comandancia de Ávila se proclaman campeones del mundo de duatlón de larga distancia tras superar más de nueve horas de competición en uno de los escenarios más exigentes del calendario internacional
Hay victorias que se explican con una cifra. Otras necesitan mucho más. La conseguida por Fernando Riaño y el guardia civil Javier Alaguero en Zofingen, Suiza, pertenece claramente a la segunda categoría. El pasado 6 de septiembre, ambos volvieron a subir a lo más alto del podio en el Campeonato del Mundo de Duatlón de Larga Distancia para personas con discapacidad y escribieron una nueva página en la historia del deporte de resistencia.
Para Riaño, el triunfo supone su octavo título mundial consecutivo en esta disciplina. Desde que conquistó su primer oro en 2018, el deportista riojano ha repetido victoria en 2019, 2021, 2022, 2023, 2024, 2025 y 2026, con la única interrupción de 2020, cuando la competición no se celebró debido a la pandemia.
Pero detrás de ese impresionante palmarés hay algo más que una sucesión de medallas. Hay horas de entrenamiento, capacidad para sufrir, conocimiento mutuo y una confianza absoluta entre dos deportistas que deben funcionar como uno solo.
Y ahí aparece la figura de Javier Alaguero, guardia civil de la Comandancia de Ávila y guía de Riaño.
Para ambos, la de Zofingen no era una prueba desconocida. Ya habían conseguido juntos el campeonato del mundo en 2024 y 2025. El oro de este año supone, por tanto, su tercer campeonato mundial consecutivo como pareja deportiva.
Más de nueve horas al límite
Zofingen no regala nada. La prueba suiza está considerada una de las grandes referencias internacionales de la larga distancia y obliga a los participantes a enfrentarse a un recorrido que combina resistencia, desnivel, terreno irregular y una enorme exigencia física y mental.
En esta edición, Riaño y Alaguero tuvieron que completar 10,8 kilómetros de carrera a pie, 148,2 kilómetros en bicicleta y otros 26,7 kilómetros finales corriendo. En total, más de 185 kilómetros de competición y más de nueve horas de esfuerzo.
No se trata únicamente de aguantar físicamente. En el caso de un tándem formado por un deportista con discapacidad visual y su guía, cada tramo exige una comunicación permanente. La orientación, el ritmo, los cambios de terreno, las decisiones sobre el esfuerzo y la respuesta ante las circunstancias de la carrera tienen que estar perfectamente coordinados.
Una mala comunicación puede convertirse en segundos perdidos. Una decisión equivocada puede comprometer muchos kilómetros de trabajo.
Por eso, cuando Riaño y Alaguero cruzaron la línea de meta después de aquella interminable jornada, no solamente habían ganado una carrera. Habían demostrado, una vez más, hasta dónde puede llegar un equipo cuando la confianza entre sus integrantes alcanza su máxima expresión.
Una relación construida sobre la confianza
El deporte de alta competición suele hablar de preparación, sacrificio, estrategia y talento. En este caso hay que añadir una palabra imprescindible: confianza.
Riaño necesita confiar plenamente en quien le acompaña. Alaguero, por su parte, debe interpretar las necesidades de su compañero y tomar decisiones mientras comparte con él un esfuerzo físico extremo.
Durante más de nueve horas no hay espacio para desconectarse. La comunicación debe ser constante. El ritmo tiene que ser el adecuado. Hay que gestionar el cansancio, el viento, las pendientes y los kilómetros que todavía quedan por delante. Todo ello mientras ambos compiten al máximo nivel mundial.
El resultado vuelve a demostrar que el trabajo en equipo no consiste simplemente en compartir una misma meta. Consiste en saber cuándo apretar, cuándo reservar fuerzas, cuándo hablar y cuándo confiar en que el compañero hará exactamente lo que debe hacer.
Y eso es precisamente lo que Riaño y Alaguero han convertido en una de las claves de su éxito.
Un campeón que sigue haciendo historia
A sus anteriores títulos, Fernando Riaño acaba de añadir otro que le coloca todavía más arriba en la historia del duatlón de larga distancia.
Ocho campeonatos del mundo consecutivos no son solamente una colección extraordinaria de medallas. Suponen una regularidad difícil de encontrar incluso en el deporte de élite. Cada temporada obliga a empezar de nuevo, volver a entrenar, afrontar las lesiones, superar los momentos de cansancio y presentarse en septiembre en Zofingen con la misma ambición.
El propio Riaño ha reconocido después de la prueba la dificultad creciente de preparar una competición de estas características, especialmente ante rivales cada vez más jóvenes y rápidos.
Pero volvió a hacerlo. Y volvió a hacerlo acompañado por un guardia civil que ya forma parte inseparable de esta historia deportiva.
El uniforme también estuvo presente en el podio
El triunfo tuvo además un significado especial por un gesto que trascendió lo estrictamente deportivo.
Durante la ceremonia de entrega de premios, Fernando Riaño quiso dedicar su victoria a los cinco agentes de la Policía Foral de Navarra fallecidos en junio en un accidente de tráfico. Junto a Javier Alaguero, subió al podio con las txapelas rojas cedidas por el cuerpo policial para rendir homenaje a los agentes fallecidos.
Fue una manera de llevar hasta Zofingen el recuerdo de quienes perdieron la vida en acto de servicio.
La imagen de Riaño y Alaguero en lo alto del podio adquirió así una dimensión que iba más allá del deporte. Dos profesionales vinculados a la seguridad pública, unidos en esta ocasión por una competición internacional, quisieron que aquel momento de celebración también sirviera para recordar a quienes ya no podían estar presentes.
No era la primera vez que Riaño utilizaba un triunfo deportivo para homenajear a miembros de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad. Su relación con la Guardia Civil y con sus valores de compañerismo y servicio también ha estado presente en anteriores participaciones.
Cuando ganar significa mucho más
La historia de Fernando Riaño y Javier Alaguero permite entender el deporte desde una perspectiva diferente.
Aquí no hay solamente un campeón y un guía. Hay dos personas que han aprendido a competir juntas hasta convertir la coordinación, la comunicación y la confianza en una auténtica herramienta deportiva.
Riaño aporta la experiencia de quien lleva años compitiendo al máximo nivel. Alaguero aporta su preparación como deportista y guía. Los dos comparten el esfuerzo, las dificultades y, finalmente, la satisfacción de llegar juntos a la meta.
Y quizá ahí se encuentre la verdadera enseñanza de este octavo campeonato mundial.
Porque cuando el cansancio aparece después de nueve horas, cuando las piernas pesan y todavía quedan kilómetros por recorrer, ya no basta con querer ganar. Hay que confiar en quien tienes al lado.
Zofingen volvió a demostrarlo. Fernando Riaño y Javier Alaguero son, por tercer año consecutivo, campeones del mundo.
Pero su victoria representa también algo que ninguna clasificación puede medir: la fuerza de un equipo cuando sus integrantes son capaces de avanzar al mismo ritmo, superar juntos las dificultades y convertir la confianza en una forma de llegar más lejos.







































































