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El encierro pacífico terminó de madrugada después de que la Secretaría de Estado de Seguridad comunicara la paralización de las negociaciones por la convocatoria electoral del 29 de noviembre. Las organizaciones denuncian el agravio comparativo con otros cuerpos policiales y cuestionan que las elecciones sirvan para aplazar una reivindicación histórica.

Madrid, 28 de octubre de 2026.

La reivindicación de una jubilación digna para los guardias civiles y los policías nacionales terminó durante la madrugada de este miércoles con el desalojo de sus representantes por agentes de la Unidad de Prevención y Reacción (UPR) de la Policía Nacional, después de que varias organizaciones sindicales y asociaciones profesionales de Policía Nacional y Guardia Civil se encerraran en la sede de la Secretaría de Estado de Seguridad para exigir compromisos concretos del Ministerio del Interior.

La protesta, calificada por sus promotores como un encierro pacífico e indefinido, se produjo después de que la secretaria de Estado de Seguridad, Aina Calvo, comunicara en una reunión celebrada el martes que las negociaciones sobre las condiciones de jubilación no podían continuar en ese momento debido a la convocatoria de elecciones generales para el próximo 29 de noviembre. Una explicación que los representantes de ambos cuerpos recibieron como un nuevo aplazamiento de una demanda que, aseguran, acumula meses de reuniones y promesas sin resultados efectivos.

La imagen de policías y guardias civiles desalojados del edificio en el que habían decidido permanecer para defender sus propios derechos laborales añade un componente especialmente significativo a un conflicto que trasciende el cálculo de las pensiones. Lo que reclaman las organizaciones es el reconocimiento de la peligrosidad de su trabajo, unas condiciones de jubilación justas y una respuesta institucional que no deje sus expectativas pendientes de los cambios políticos.

De las negociaciones al encierro: una protesta sin precedentes

El encierro comenzó durante la tarde del martes, en torno a las 18:00 horas, tras una reunión de algo menos de media hora que no ofreció la respuesta que esperaban los representantes de las organizaciones convocantes. Hasta este momento, el proceso negociador había acumulado varias reuniones desde la apertura de una mesa técnica en abril, sin que se alcanzara el compromiso definitivo que permitiera avanzar en la mejora de la jubilación.

Ante la interrupción del diálogo, los representantes decidieron permanecer en las dependencias de la Secretaría de Estado de Seguridad hasta obtener una solución. Su objetivo era forzar una respuesta política que despejara la incertidumbre sobre el futuro de las condiciones de retiro de miles de profesionales de ambos cuerpos.

La iniciativa estuvo respaldada por los sindicatos policiales JUPOL, SUP y UFP, así como por distintas asociaciones profesionales de la Guardia Civil, entre ellas AUGC, JUCIL, AEGC, ASESGC, IGC y Asociación Profesional de Cabos, junto con otras organizaciones citadas en las informaciones sobre la protesta.

Los convocantes sostuvieron que no bastaba con mantener abierto un canal de diálogo sin garantías de resultado. Tras años de reivindicaciones y meses de conversaciones, reclamaban compromisos concretos y medidas con respaldo jurídico, capaces de evitar que una decisión de esta naturaleza quedara supeditada a la voluntad del próximo Ejecutivo.

La respuesta fue el desalojo.

La UPR ejecuta el desalojo: los agentes, fuera de un edificio público

La intervención se produjo después de que los representantes permanecieran durante horas en el interior del inmueble. El secretario general de JUPOL, Aarón Rivero, explicó tras abandonar las dependencias y en nombre del resto de organizaciones, que los participantes optaron por salir pacíficamente para no comprometer a los compañeros de la UPR ante la posibilidad de que pudieran ser expedientados por desobediencia y ellos mismos por ocupación de un edificio público.

Rivero calificó de «ignominia» la situación y cuestionó que se actuara contra representantes policiales que reclamaban derechos laborales mientras la acampada de la Puerta del Sol continuaba instalada.

El episodio plantea una cuestión que Interior no debería eludir: ¿cómo se ha llegado a una situación en la que representantes de los profesionales encargados de garantizar la seguridad ciudadana consideran necesario encerrarse en la sede de su propio ministerio para ser escuchados?

La respuesta no puede limitarse a recordar que los edificios públicos tienen unas normas de acceso y permanencia.

El desalojo resuelve la presencia física de los representantes en el edificio; no resuelve la reivindicación que los llevó hasta allí.

La acampada de Sol y las preguntas sobre la igualdad de trato

La comparación con la acampada de la Puerta del Sol se ha convertido en uno de los principales argumentos de las organizaciones policiales. Mientras los representantes de la Guardia Civil y la Policía Nacional eran desalojados de Interior, el asentamiento vinculado a las reivindicaciones por el derecho a la vivienda seguía instalado frente a la Real Casa de Correos, sede del Gobierno de la Comunidad de Madrid.

El desalojo de los representantes policiales no permite concluir automáticamente que se haya vulnerado la ley.

La comparación revela un problema de percepción pública y de confianza institucional. Para los profesionales que reclaman una jubilación digna, resulta difícil comprender que sus reivindicaciones terminen con una intervención policial mientras otra movilización continúa desarrollándose durante semanas en el centro de Madrid.

La exigencia de igualdad ante las instituciones no consiste en pedir que se apliquen idénticas medidas a situaciones distintas. Consiste en reclamar que los criterios de actuación sean coherentes, transparentes y explicables, con independencia de quién protagonice la protesta o de la causa que defienda.

Y, sobre todo, exige que las administraciones no utilicen los procedimientos administrativos o judiciales como sustituto de una respuesta política a los problemas que tienen la obligación de abordar.

Elecciones generales: ¿por qué hay cuestiones que deben esperar?

La explicación ofrecida por la Secretaría de Estado de Seguridad ha sido la convocatoria de elecciones generales para el 29 de noviembre. Según Interior, el adelanto electoral impide continuar avanzando en este momento.

La cuestión de fondo es reconocer la dureza del trabajo policial y por tanto, no basta si ese reconocimiento no se traduce en medidas concretas para quienes lo desempeñan y para quienes terminan su vida profesional después de décadas de servicio.

La convocatoria electoral puede alterar el calendario político, modificar las prioridades de los partidos e introducir limitaciones en la actividad de las instituciones. Lo que no debería hacer es convertir automáticamente en aplazable cualquier reivindicación pendiente, especialmente cuando afecta a las condiciones laborales de miles de servidores públicos.

Los representantes sindicales y asociativos sostienen que la negociación se encontraba en un momento decisivo y esperaban obtener avances concretos en la reunión de este martes. La interrupción del proceso, sin una solución acordada, ha incrementado la desconfianza y ha alimentado la sensación de que el compromiso adquirido no tenía garantías suficientes.

Si existía voluntad de alcanzar un acuerdo, cabe preguntar por qué no se establecieron con anterioridad unos plazos realistas, un calendario público y una hoja de ruta con garantías jurídicas que permitieran conocer qué medidas eran posibles y cuáles requerían decisiones posteriores.

La próxima legislatura no puede convertirse en una fórmula para aplazar indefinidamente un compromiso. Los profesionales necesitan saber qué se va a hacer, cuándo se va a hacer y qué garantías tendrán de que el trabajo desarrollado durante meses no terminará en otro ciclo de reuniones sin resultados.

La actividad de la Diputación Permanente y los decretos que siguen adelante

La polémica adquiere una dimensión política adicional cuando se observa la actividad institucional posterior a la convocatoria electoral.

La disolución de las Cortes no significa que todas las actuaciones legislativas queden paralizadas. La Diputación Permanente del Congreso mantiene las funciones que le atribuye la Constitución y puede intervenir en los supuestos previstos legalmente. Además, el Gobierno conserva sus competencias, aunque el adelanto electoral modifica el contexto político en el que se ejercen.

De hecho, tras el anuncio electoral, el Ejecutivo planteó nuevas medidas de vivienda cuya tramitación se apoyaría en la Diputación Permanente, en un contexto en el que el calendario parlamentario seguía permitiendo determinadas actuaciones.

Esta circunstancia introduce una pregunta legítima: si las instituciones pueden seguir tramitando determinadas medidas durante el periodo electoral, ¿por qué la mejora de la jubilación de guardias civiles y policías nacionales debe quedar aplazada hasta la siguiente legislatura?

Conviene distinguir entre la aprobación de un decreto, su convalidación parlamentaria y la negociación de una reforma de las condiciones de jubilación. No son procedimientos equivalentes, y la actividad de la Diputación Permanente no demuestra por sí sola que el acuerdo reclamado pudiera aprobarse inmediatamente por esa misma vía.

Pero esa diferencia tampoco exime al Gobierno de explicar con claridad qué obstáculos concretos impiden avanzar, qué actuaciones siguen siendo posibles y qué compromisos pueden mantenerse durante el periodo electoral.

Si el adelanto electoral impide cerrar un acuerdo determinado, los representantes de ambos cuerpos merecen una explicación jurídica y administrativa precisa, no una referencia genérica a las elecciones. Y si existen medidas que pueden adoptarse o dejarse preparadas para la siguiente legislatura, corresponde al Ejecutivo aclararlo y asumir compromisos verificables.

La percepción de agravio aumenta cuando los ciudadanos observan que determinadas iniciativas políticas encuentran vías para continuar su tramitación, mientras otras reivindicaciones, sostenidas durante meses por profesionales que prestan un servicio esencial, quedan relegadas.

Profesión de riesgo y jubilación digna: una reivindicación pendiente

La reclamación de la Guardia Civil y la Policía Nacional no se limita a una mejora económica. Las organizaciones demandan el reconocimiento de ambos cuerpos como profesión de riesgo y unas condiciones de jubilación que consideren equiparables a las de otros cuerpos policiales, especialmente en lo relativo al acceso a la jubilación anticipada y sus consecuencias económicas.

La actividad de estos profesionales implica exposición a situaciones de violencia, intervenciones de riesgo, turnos exigentes, disponibilidad y una responsabilidad que no desaparece al finalizar el servicio. La intensidad de esas exigencias puede variar a lo largo de la trayectoria profesional y según el destino, pero forma parte de la naturaleza de las funciones que desempeñan.

Por eso, la reivindicación debe abordarse con criterios objetivos y con una solución que tenga en cuenta tanto la peligrosidad de la actividad como las diferencias existentes entre los regímenes de Seguridad Social y Clases Pasivas.

No se trata de reclamar privilegios, sino de discutir si quienes han dedicado su vida profesional a proteger a los ciudadanos disponen de condiciones de retiro acordes con las exigencias de su trabajo y comparables, con las adaptaciones legales necesarias, a las reconocidas a otros profesionales policiales.

La jubilación digna debe traducirse en una propuesta concreta, con financiación, calendario y respaldo normativo. Y el reconocimiento de la profesión de riesgo no puede quedarse en una declaración genérica que no tenga consecuencias efectivas sobre las condiciones de los agentes.

Una institución no debería obligar a sus servidores a encerrarse para ser escuchados

El desalojo de los representantes sindicales y asociativos deja la imagen de profesionales que han dedicado su vida a garantizar el cumplimiento de la ley que han terminado reclamando sus propios derechos en el interior de la sede de la institución responsable de su gestión.

Tras el desalojo sería justo y cabría exigir responsabilidades políticas sobre la gestión de un conflicto que podría haberse encauzado mediante el diálogo y compromisos concretos.

La salida pacífica de los representantes evitó que la situación derivara en un enfrentamiento con sus propios compañeros. Esa decisión merece ser valorada por su prudencia y por la voluntad de mantener la protesta dentro de unos límites que no perjudicaran a los profesionales de la UPR encargados de intervenir.

Ahora bien, la normalización administrativa de lo ocurrido no debería ocultar la gravedad del desencuentro. Si después de meses de negociaciones el resultado es la suspensión del diálogo y el desalojo de quienes reclaman una solución, el problema no queda resuelto por el mero hecho de que el edificio vuelva a estar despejado.

La responsabilidad de las instituciones consiste también en evitar que los conflictos laborales se enquisten hasta el punto de que sus protagonistas consideren que la única manera de ser escuchados es recurrir a medidas extraordinarias de protesta.

La deuda pendiente con quienes protegen a los ciudadanos

La Guardia Civil y la Policía Nacional necesitan algo más que declaraciones de reconocimiento institucional. Necesitan condiciones laborales adecuadas, seguridad jurídica, una política de personal coherente y unas condiciones de jubilación dignas que tengan en cuenta la naturaleza de su servicio.

La decisión de aplazar las negociaciones hasta la próxima legislatura no constituye una solución para los profesionales afectados. Tampoco lo es asegurar que el diálogo continuará en el futuro si no existe un compromiso verificable que impida volver al punto de partida.

El Gobierno debe explicar qué medidas pueden mantenerse en curso, qué obstáculos impiden alcanzar un acuerdo y qué calendario propone para resolver una reivindicación que lleva meses sobre la mesa. La convocatoria electoral no debería servir como respuesta universal a cualquier problema pendiente.

Mientras tanto, la comparación con la acampada de Sol seguirá alimentando la sensación de que las instituciones reaccionan de manera distinta ante movilizaciones diferentes. Esa percepción merece una respuesta basada en hechos, criterios transparentes y explicaciones públicas, no en la descalificación de quienes protestan ni en la minimización de las demandas de los agentes.

Quienes garantizan la seguridad de los ciudadanos tienen derecho a reclamar que sus propias condiciones profesionales sean tratadas con seriedad, respeto y responsabilidad.

La jubilación digna no debería depender del calendario electoral, y el reconocimiento de una profesión de riesgo no puede seguir siendo una promesa que se renueva con cada negociación o con cada Ejecutivo.

El desalojo de Interior ha puesto fin a un encierro. La reivindicación, sin embargo, continúa pendiente. Y será la capacidad del Ministerio del Interior para transformar sus palabras en medidas concretas la que determine si este episodio queda como una protesta excepcional o como un nuevo capítulo de una larga historia de compromisos incumplidos

Quienes garantizan la seguridad de los ciudadanos tienen derecho a exigir que sus propias condiciones profesionales sean tratadas con seriedad, respeto y responsabilidad. La jubilación digna no puede seguir siendo una promesa aplazada cada vez que cambia el horizonte político.