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El espíritu del artículo 6 de la Cartilla volvió a hacerse realidad en el río Ruecas

Hay noticias que trascienden el relato de un suceso y terminan convirtiéndose en el reflejo de una forma de entender el servicio. No son únicamente historias de rescates; son testimonios vivos de los principios que han guiado a la Guardia Civil desde su fundación hace más de ciento ochenta años.

Lo ocurrido en el río Ruecas, a la altura de la localidad pacense de Rena, es una de esas historias.

Un menor de apenas quince años era arrastrado violentamente por la corriente. Cada segundo que pasaba disminuían sus posibilidades de sobrevivir. La fuerza del agua hacía imposible cualquier maniobra sencilla y el tiempo jugaba en contra.

Frente a esa situación límite, dos guardias civiles no dudaron. No preguntaron por el riesgo. No calcularon las consecuencias.

No esperaron a que llegaran medios más especializados. Simplemente hicieron aquello para lo que fueron educados desde el primer día que vistieron el uniforme: acudir donde alguien necesita ayuda.

La corriente era tan violenta que, tras asegurarse inicialmente con una cuerda anclada al vehículo oficial, ambos agentes fueron igualmente arrastrados por el río hasta conseguir sujetarse a un tronco. Lejos de considerar aquel punto como un lugar seguro, continuaron buscando al menor, al que todavía ni siquiera podían ver.

Fue entonces cuando escucharon su voz. Atrapado entre unas zarzas, completamente agotado y al borde del desvanecimiento, el joven apenas podía mantenerse a flote. Entonces volvieron a tomar una decisión que explica mejor que cualquier discurso qué significa ser guardia civil. Abandonaron la relativa seguridad que les ofrecía el tronco y se lanzaron nuevamente contra la corriente para alcanzar al menor. No existían garantías. Solo tenían una certeza y una meta: salvar una vida.

Cuando lograron llegar hasta él, el adolescente se encontraba exhausto. Entre los dos consiguieron llevarlo no sin esfuerzo, primero hasta el tronco y posteriormente hasta un lugar seguro, culminando un rescate que muchos califican de heroico y que ellos, con la naturalidad propia de quien entiende el servicio como una forma de vida, describen simplemente como parte de su trabajo.

Sin embargo, fueron sus palabras posteriores las que probablemente mejor expliquen la verdadera dimensión humana de aquella intervención. «Somos padres antes que guardias civiles».

La frase, pronunciada por ambos agentes tras ser recibidos por el delegado del Gobierno en Extremadura, ha recorrido España por su enorme carga emocional.

Pero quizá haya quien piense que esas palabras nacieron únicamente de la emoción del momento. No es así. En realidad, forman parte de una manera de entender el servicio que la Guardia Civil lleva transmitiendo de generación en generación desde 1844.

El Duque de Ahumada ya lo escribió hace 181 años. Un año después de ser fundada la Guardia Civil, el II Duque de Ahumada redactó la Cartilla del Guardia Civil, el texto que definió el comportamiento que debían observar los hombres del nuevo Instituto Armado y que hoy endía sigue en vigor. Entre todos sus preceptos, hay uno que parece escrito para describir exactamente lo ocurrido en el río Ruecas.

El artículo 6 establece: «Procurará ser un pronóstico feliz para el afligido, y que a su presentación el que se crea cercado de asesinos, se vea libre de ellos; el que tenía su casa presa de las llamas, considere el incendio apagado; el que veía a su hijo arrastrado por la corriente de las aguas, lo crea salvado; y, por último, siempre debe velar por la propiedad y seguridad de todos

Resulta difícil encontrar una coincidencia histórica tan exacta.

Hace mas de ciento ochenta y dos años, el fundador de la Guardia Civil imaginó el momento en que un ciudadano viera a su hijo arrastrado por la corriente de un río y encontrara en la llegada de un guardia civil la esperanza de salvarlo. Ese momento se produjo en el río Ruecas. Y ocurrió exactamente como lo describió el Duque de Ahumada. Dos guardias civiles se enfrentaron a una corriente que también amenazaba sus propias vidas para rescatar a un menor que apenas podía resistir unos minutos más.

No buscaban reconocimiento. Buscaban llegar a tiempo.

La verdadera Benemérita

Con demasiada frecuencia se identifica el trabajo de la Guardia Civil únicamente con la persecución del delito o el mantenimiento de la seguridad ciudadana. Sin embargo, la historia demuestra que la esencia del Instituto siempre ha ido mucho más allá. La Guardia Civil también salva vidas.

Lo hace en montañas, en el mar, en carreteras, durante inundaciones, incendios forestales, nevadas, terremotos o accidentes. Y lo hace porque el auxilio al ciudadano forma parte de su identidad desde el mismo momento de su creación. Ese es precisamente el significado de la palabra Benemérita. No se trata únicamente de un título honorífico concedido por el Estado.

Es el reconocimiento de la sociedad a una trayectoria de servicio constante, silencioso y generoso, construida por generaciones de hombres y mujeres que, cuando alguien pide auxilio, avanzan precisamente hacia donde los demás intentan ponerse a salvo.

Los dos guardias civiles del río Ruecas pertenecen a esa larga cadena de servidores públicos que, durante más de ciento ochenta años, han convertido en realidad cotidiana los principios escritos por el Duque de Ahumada.

El uniforme termina; el compromiso permanece

Cuando finalizó el rescate, los agentes pudieron hablar con el padre del menor. Les contó que su hijo dormía profundamente, agotado tras la experiencia vivida. Para cualquier padre, saber que su hijo ha vuelto a casa con vida no tiene precio. Quizá por eso emocionan tanto las palabras pronunciadas por los propios guardias civiles: «Mañana mismo volveríamos a hacerlo.»

No era una frase preparada. Era una convicción. La misma que llevó a aquellos dos hombres a dejar la seguridad de un tronco para lanzarse de nuevo contra la corriente. La misma que ha guiado a generaciones enteras de guardias civiles desde 1844. Y la misma que explica por qué, cuando alguien necesita ayuda en las circunstancias más dramáticas, la sociedad sigue confiando en que la Guardia Civil acudirá.

Porque ese compromiso no nace del uniforme. Nace de una vocación de servicio que ha sobrevivido al paso del tiempo y que continúa haciendo realidad, casi dos siglos después, las palabras inmortales del Duque de Ahumada. En el río Ruecas no solo se salvó la vida de un adolescente. También volvió a demostrarse que el espíritu benemérito sigue vivo.

Y mientras existan guardias civiles capaces de arriesgar su propia vida para salvar la de un desconocido, el artículo 6.º de la Cartilla seguirá siendo mucho más que un texto histórico: seguirá siendo la mejor definición de lo que significa ser guardia civil, de lo que significa servir a España y a los españoles.