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En 2026, la Institución celebra 182 años de servicio ininterrumpido a España. Ciento ochenta y dos años siendo, en palabras de su fundador, la garantía de ayuda inmediata cuando todo se derrumba: en caminos solitarios, pueblos devastados, catástrofes naturales, epidemias y tragedias humanas.

En la noche del 14 de septiembre de 1850, una tormenta convirtió el barranco de Bellver, en Oropesa del Mar (Castellón), en un torrente mortal. Dos guardias civiles, Pedro Ortega y Antonio Giménez, oyeron los gritos desesperados de los trece pasajeros de una diligencia que había caído al vacío. Sin cuerdas, sin herramientas, sin esperar refuerzos, se lanzaron al agua furiosa del barranco. Murieron junto a quienes intentaban salvar.

Apenas seis años después de su fundación, la Guardia Civil ya había sellado con su propia sangre el compromiso que la convertiría, para siempre, en la Benemérita.

No es un título de cortesía. Es un nombre ganado cada día, con esfuerzo, sacrificio y, cuando ha sido necesario, con la propia vida.

El mandato fundacional: nacer para proteger al desamparado

Francisco Javier Girón y Ezpeleta, II Duque de Ahumada y V Marqués de las Amarillas, creó la Guardia Civil en 1844 bajo el reinado de Isabel II. No concibió solo una fuerza de orden público para combatir el bandolerismo, sino una institución con profunda vocación humanitaria.

El artículo 32 del primer Reglamento para el Servicio lo dejó escrito con una claridad moral que aún conmueve: «En caminos, campos y despoblados, cualquier guardia protegerá a toda persona en peligro o desgracia, prestando auxilio y facilitando el socorro que esté a su alcance».

Amparar al viajero víctima de violencia, auxiliar carruajes volcados, recoger heridos y enfermos, contribuir a sofocar incendios en casas aisladas, rescatar náufragos, victimas de riadas, accidentados en cualquier circunstancia, además de proteger personas y propiedades. El guardia civil nacía como escudo del débil y servidor público en el sentido más noble. El Duque reforzó esta vocación en circulares posteriores, como la de 1850, que exigía trato considerado y humano a la población.

Ese mandato ético se convirtió en el ADN de la Guardia Civil y en la raíz profunda del título de Benemérita, que proviene del latín bene meritus (“bien merecido”) y reconoce a quienes se han hecho dignos por sus obras concretas y que ha mantenido durante 182 años.

Los primeros mártires y la forja de una leyenda

Los archivos del siglo XIX están llenos de gestas silenciosas. Ya en 1848, guardias civiles se lanzaron a las aguas embravecidas de Sanlúcar de Barrameda para salvar a los náufragos de la goleta inglesa Mary. Pero fue la tragedia de Oropesa la que marcó un antes y un después.

El cabo 1º Benito Cepa y varios guardias auxiliaron una primera diligencia. Ortega y Giménez corrieron a socorrer la segunda. Su muerte, junto a la de los pasajeros, conmovió a la nación. El propio Duque de Ahumada ordenó erigir un monolito en el barranco de Bellver, ante el que la Comandancia de Castellón sigue rindiendo homenaje anual.

Aquellos guardias fueron los primeros caídos en acto de servicio humanitario. No serían los últimos,182 años después de su nacimiento siguen junto a quienes sufren, a los que son víctimas de epidemias, catástrofes, haciendo su trabajo de forma silenciosa, invisible.

La vocación humanitaria se manifestó con fuerza inmediata. En la epidemia de cólera de 1855, los guardias entraron en casas infectadas, trasladaron enfermos y recogieron cadáveres cuando el resto de la población y quienes deberían hacerlo huían. En 1918, durante la gripe española, repitieron la misma labor en medio del pánico colectivo.

A lo largo de décadas, han sido presencia constante en temporales, nevadas, inundaciones, incendios forestales, rescates de montañeros, búsquedas de desaparecidos y salvamentos en ríos, pantanos y en el mar. Miles de intervenciones anónimas que nunca llegaron a los titulares, pero que han salvado cientos, miles de vidas. Hasta 1929 ya se habían concedido 438 cruces individuales de la Orden Civil de Beneficencia solo a guardias civiles.

En catástrofes recientes —como la DANA o el accidente de Adamuz— volvieron a ser los primeros en llegar y los últimos en marcharse.

1929: El Estado ratifica lo que el pueblo ya sabía y reclamaba. El 4 de octubre de 1929, el Gobierno concedió a la Guardia Civil, de forma colectiva, la Gran Cruz de la Orden Civil de Beneficencia (con distintivo blanco y negro), por “los innumerables actos de servicios abnegados, humanitarios y heroicos de sus integrantes”. El calificativo popular ya existía desde hacía décadas en la conciencia colectiva. El Estado solo solo puso de forma oficial el sello a una realidad consolidada: la Guardia Civil era, por méritos propios, la Benemérita.

La cadena inquebrantable: de 1850 a 2026

La historia es circular. Entre Ortega y Giménez (1850) y el capitán Jerónimo y el guardia civil Germán, fallecidos en acto de servicio como consecuencia de las acciones de los narcotráficantes, median casi 176 años.

En 1850, el enemigo era la naturaleza desatada; en Barbate con el asesinato en 2024 de los guardias civiles Miguel Ángel y David, o la muerte este mismo año de Jerónimo y Germán, como consecuencia de las acciones directas de los delincuentes cuando luchaban contra el crimen organizado con medios muy inferiores, el enemigo fueron los narcotraficantes. En todos los casos, nuestros guardias cumplieron con su deber.

El enemigo cambia —bandoleros, epidemias, terrorismo (más de 200 guardias asesinados por ETA y otros grupos terroristas), crimen organizado—, pero el espíritu permanece. Cada día los guardias civiles siguen prolongando esa misma tradición de riesgo y entrega. Cada guardia caído se inserta en una misma cadena gloriosa que une a los vivos con los muertos.

Una genealogía moral basada en el deber interiorizado, no en protocolos. En la firmeza ante el peligro y en la serenidad ante el sufrimiento ajeno.

Pronunciar “Benemérita” con pleno sentido

Cuando los españoles llaman Benemérita a la Guardia Civil, no repiten una fórmula vacía ni un título honorífico. Rinden homenaje a una Institución que durante 182 años, de forma ininterrumpida, ha servido con honor y sacrificio, entendiendo que proteger a los demás tiene un precio que los guardiasw civiles no dudan en pagar.

La sociedad reconoce a quienes velaron en caminos polvorientos  en el siglo XIX, a quienes dejaron su sangre en las guerras y atentados del XX, y a los hombres y mujeres que hoy, en pleno siglo XXI, siguen siendo garantía de ayuda inmediata en las desgracias de la nación.

La libertad, la seguridad y la solidaridad en la catástrofe nunca han sido gratuitas. Se pagan cada día con esfuerzo, sacrificio y, a veces, con la vida de quienes eligieron servir como declaración de honor.

Ese es el verdadero carácter benemérito de la Guardia Civil, un nombre que no le fue regalado por decreto, sino ganado durante cada uno de sus 182 años de servicio ininterrumpido. Un nombre que sigue ganándose, día tras día, con la misma vocación de servicio que en 1844 inspiró su fundador.

Todos sabemos que, mientras haya españoles en peligro, la Guardia Civil seguirá honrando su nombre y su historia con hechos.

Antonio Mancera Cárdenas
Director Tribuna Benemérita