
El pasado 19 de febrero, la rápida reacción y profesionalidad de tres agentes de la Guardia Civil convirtió un momento de pánico en una historia con final feliz.
El pequeño Bruno, de apenas dos años, sufrió un episodio grave provocado por un pico de fiebre que lo dejó inconsciente y provocó un atragantamiento. Sus padres, Noelia y José Manuel, vivieron los minutos más angustiosos de su vida.
Todo ocurrió un martes por la tarde. La madre fue la primera en darse cuenta: el niño empezó a hacer gestos extraños, perdió el conocimiento y comenzó a ponerse azul. “Yo no sabía qué le pasaba, llamé a José a gritos”, relató Noelia. El pequeño no respondía y las vías respiratorias estaban obstruidas. No había tiempo que perder. Llamaron a emergencias, pero decidieron actuar de inmediato y bajaron corriendo a la Comandancia de la Guardia Civil de Lugo, que estaba cerca.
Allí entraron desesperados. El padre llevaba en brazos al niño inerte. Tres guardias civiles veteranos —Ángel López-Rubinos, Diego Santomé y César González— reaccionaron al instante. Ángel fue el primero en tomar al pequeño en brazos, lo colocó boca abajo y aplicó las maniobras necesarias para desobstruir las vías respiratorias, logrando que vomitara y expulsara lo que le impedía respirar. Sus compañeros, mientras tanto, llamaron a la ambulancia y tranquilizaron a los padres angustiados.“Fue tremendo. Nos habíamos puesto en lo peor”, confesaron los agentes.
Conocían perfectamente el protocolo de primeros auxilios gracias a su formación, y eso marcó la diferencia. Tras unos minutos críticos de maniobras, el niño emitió un llanto que rompió el silencio y provocó un suspiro colectivo de alivio. “Con él respiramos todos”, resumió uno de los guardias.
Bruno fue trasladado de inmediato al Hospital Universitario Lucus Augusti (HULA) de Lugo para una valoración médica. Los doctores confirmaron que se trataba de un pico de fiebre que había derivado en inconsciencia y atragantamiento. El niño recibió el alta poco después y, días más tarde, se reencontró con los tres agentes. Ajeno al revuelo que había protagonizado, Bruno volvió a la vida normal de un niño de dos años.
Los padres, que tienen otros dos hijos mayores de 13 y 16 años, no dejan de agradecer la intervención. “Nos salvaron la vida”, afirman con emoción. Para los guardias, con entre 35 y 42 años de servicio en el Cuerpo, este ha sido “el servicio más satisfactorio” de toda su carrera. “Es el mejor servicio en más de 30 años que llevamos”, señalaron. Uno de ellos, Ángel Rubinos, reconoció que las dos noches siguientes le costó conciliar el sueño por la adrenalina y la emoción posterior.
Este episodio vuelve a poner en valor la formación continua de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado en primeros auxilios y la cercanía de la Guardia Civil con la ciudadanía. En palabras de los agentes: “Conocer el protocolo es la diferencia entre la vida y la muerte”.
Una historia de valentía, profesionalidad y humanidad que demuestra que, en los momentos críticos, la Guardia Civil siempre está ahí. Bruno “ha vuelto a nacer”, como dicen sus padres, y tres guardias civiles de Lugo respiran hoy un poco más tranquilos sabiendo que hicieron posible ese milagro de segundos.












































































