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 IGNACIO GORDILLO

Hoy España despide a uno de sus grandes servidores: Ignacio Gordillo Álvarez-Valdés. A sus 75 años, nos ha dejado un hombre que encarnó como pocos la toga al servicio del Estado de Derecho, la valentía serena y, sobre todo, un cariño profundo y sincero hacia quienes cada día arriesgan la vida por defendernos.

Tuve el privilegio de conocerle personalmente, y siempre me impresionó su cercanía humana, ese afecto genuino que demostraba especialmente hacia los miembros de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, con una admiración y gratitud especial hacia la Guardia Civil.

Nacido en Madrid en 1950, Gordillo ingresó en la Carrera Fiscal en 1976 y, apenas cuatro años después, ya estaba en la Audiencia Nacional, donde dedicó tres décadas de su vida a los casos más duros de nuestra democracia. Su nombre quedará para siempre ligado a la lucha sin cuartel contra el terrorismo de ETA y a la investigación de los GAL, esa página oscura de nuestra historia reciente.

Participó en procedimientos clave: los secuestros de José María Aldaya y, especialmente, el de José Antonio Ortega Lara, el funcionario de prisiones que pasó más de 500 días en un zulo infame. También impulsó la reapertura del caso Lasa y Zabala, uno de los episodios más graves de la guerra sucia, donde exigió responsabilidades con rigor y sin miedo a las presiones.

En aquellos años terribles, cuando ETA asesinaba casi a diario y el plomo envenenaba la convivencia, Gordillo no fue un fiscal distante de despacho. Fue un hombre en la trinchera judicial, rodeado de escoltas, consciente del riesgo, pero firme en su convicción de que la ley era el arma más poderosa de la democracia. Combatió el terror etarra con determinación y, al mismo tiempo, no dudó en investigar los excesos del Estado cuando fue necesario. Esa integridad le convirtió en figura incómoda para unos y otros, pero en referente para quienes creemos en una Justicia independiente.

Lo que más admiro, y lo que quiero destacar con gratitud en estas líneas, es su relación con los que visten y vestimos uniforme. Ignacio Gordillo sentía un cariño especial por la Guardia Civil y por todas las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad. Los veía como lo que son: la primera línea de defensa de la libertad de los españoles.

En conversaciones personales, siempre transmitía ese respeto profundo, ese reconocimiento al sacrificio cotidiano, a las noches sin dormir, a las viudas y huérfanos que dejó el terrorismo. No era postureo institucional; era un sentimiento auténtico, forjado en años de trabajar codo con codo con ellos en las investigaciones más delicadas. Sabía que sin su labor en la calle, la Justicia que él representaba no habría podido avanzar ni un metro.

Licenciado y doctor en Derecho por la Complutense (con una tesis sobre blasfemia y libertad religiosa), compatibilizó su labor fiscal con la docencia. Tras dejar la Audiencia Nacional en 2010, siguió ejerciendo como abogado penalista, participando en la vida colegial de la Abogacía madrileña y formando a nuevas generaciones. Quienes le trataron como profesor destacan su generosidad y cercanía.

Su muerte nos deja un vacío, pero también un legado inmenso. Cuando algunos cuestionan las instituciones y relativizan el horror del terrorismo, figuras como Ignacio Gordillo nos recuerdan lo que significa servir a España con decencia, rigor y humanidad.

Fue un fiscal de los pies a la cabeza, un defensor incansable del Estado de Derecho y, por encima de todo, un gran hombre que supo combinar la firmeza de la ley con el calor del afecto hacia quienes la hacen posible en la calle.

Gracias, Ignacio. Gracias por tu lucha, por tu ejemplo y por ese cariño que siempre demostraste a la Guardia Civil y a todos los que llevamos uniforme.

Descansa en paz. Los que te conocimos no te olvidaremos. España te debe mucho.