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 ceuta rescate valla

Hay una vieja costumbre en este país que rara vez falla, y es que cuando estalla una crisis, España entera mira hacia la Guardia Civil.

No importa que sea una riada que ha sepultado un pueblo, un incendio que avanza sin control, una pandemia que vacía las calles, una organización criminal que amenaza la seguridad de una comarca o una frontera que, de pronto, deja de ser una línea para convertirse en el escenario de una tragedia humana. Antes incluso de que comiencen las ruedas de prensa, antes de que lleguen los análisis, antes de que cada institución una vez pasada la crisis asuma sus competencias y antes de que la política busque explicaciones y responsables, ya hay guardias civiles sobre el terreno.

Siempre ocurre igual. Y está ocurriendo otra vez en Ceuta y Melilla.

Ceuta vive probablemente la mayor crisis humanitaria de su historia reciente. Miles de personas han intentado alcanzar suelo español empujadas por la desesperación, por las mafias que trafican con seres humanos o por la falsa promesa de una vida mejor al otro lado de la frontera o por decisiones políticas. El resultado es devastador: vidas perdidas, familias rotas, menores desorientados, recursos desbordados y una enorme presión sobre una ciudad que ha tenido que soportar, en apenas unos días, una situación absolutamente excepcional.

En medio de ese escenario hay una imagen, que se repite, que apenas ocupa unos segundos en los informativos, y que pronto se olvida, pero que resume toda la dimensión de cualquier crisis. Un guardia civil agotado, ayudando a salir del agua a una persona que, apenas unos minutos antes, estaba a punto de morir. No pregunta de dónde viene. No pregunta qué idioma habla. No pregunta si ha cruzado legal o ilegalmente. Primero salva una vida. Después cumple la ley. En ese orden, y precisamente ese orden en el momento de actuar lo dice todo sobre la Guardia Civil.

Custodiar una frontera nunca ha consistido únicamente en impedir que alguien la cruce. Custodiar una frontera es proteger un país, sí, pero también defender el valor de la vida humana incluso cuando quien necesita ayuda acaba de vulnerar la legislación. Esa es la enorme dificultad de un trabajo que demasiadas veces se contempla desde la comodidad de un despacho o desde la inmediatez de las redes sociales.

Las fronteras no se gestionan con eslóganes, ni con fotografías cuidadas. Las fronteras se sostienen y se defienden con personas, con hombres y mujeres que soportan jornadas interminables, que enlazan servicios durante días, que trabajan bajo una presión física y psicológica extraordinaria y que saben que un solo error puede desencadenar una tragedia.

Eso es lo que lleva décadas haciendo la Guardia Civil en España y es lo que ha hecho en los ultimos días en Ceuta y Melilla. Y conviene decirlo con claridad.

La sociedad española se ha acostumbrado tanto a su eficacia que ha terminado por considerar el trabajo de la Guardia Civil en las grandes catástrofes, en las grandes crisis, en los accidentes, como algo natural. Parece normal que estén siempre. Parece normal que respondan a cualquier hora. Parece normal que lleguen los primeros y se marchen los últimos. Pero no lo es.

Detrás de esa aparente normalidad existe un enorme esfuerzo personal y profesional que rara vez recibe el reconocimiento que merece.

La realidad es tozuda, durante años, asociaciones profesionales poniendo voz a quienes prestan servicio en las fronteras han advertido de la insuficiencia de efectivos, del desgaste acumulado y de la necesidad de adaptar los medios materiales a una presión migratoria cada vez más compleja. No era una reivindicación corporativa. Era la descripción objetiva de una realidad que ahora todo el país contempla en directo.

Sin embargo, cuando la situación se vuelve crítica, nadie pregunta cuántos agentes faltan. Simplemente se espera que la Guardia Civil resuelva el problema.

Y la Guardia Civil vuelve a responder.

Lo hace porque forma parte de su historia. Lo hizo cuando el terrorismo golpeaba España. Lo hizo durante la pandemia. Lo hace cada verano combatiendo incendios, buscando desaparecidos, auxiliando a montañeros, rescatando embarcaciones, protegiendo nuestros pueblos y carreteras o luchando contra el narcotráfico.

Y vuelve a hacerlo ahora, mientras Europa observa con preocupación lo que sucede en su frontera sur.

Quizá por eso esta institución conserva un prestigio que pocas instituciones públicas pueden exhibir después de más de ciento ochenta años de existencia. No se construye una reputación así mediante campañas de comunicación, ni con fotos artísticas. Se construye acumulando millones de servicios silenciosos, miles de noches lejos de casa y generaciones enteras de hombres y mujeres convencidos de que el deber nunca depende de la comodidad.

Las imágenes de estos días deberían dejar una enseñanza que va mucho más allá de la actualidad.

Un Estado que se precie no puede confiar indefinidamente en que la vocación de servicio compense la falta de recursos. La profesionalidad no sustituye a las plantillas necesarias. El sacrificio personal no reemplaza a los medios materiales. La entrega de quienes visten el uniforme merece algo más que aplausos cuando estalla una crisis; merece una planificación que les permita desempeñar su misión con todas las garantías.

Porque la Guardia Civil siempre responde.

La cuestión es si el Estado responde con la misma determinación hacia quienes llevan décadas sosteniendo una de las responsabilidades más difíciles que existen: custodiar las fronteras de España y, con ellas, las de toda  Europa.

Cuando esta crisis pase llegarán los balances, las cifras y los inevitables debates políticos. Cada cual defenderá sus argumentos.

Pero, cuando desaparezcan los focos y las cámaras busquen otro escenario, los guardias civiles seguirán allí.

Volverán a patrullar nuestras playas, volverán a defender nuestras fronteras, a defender nuestros pueblos. Volverán a embarcar antes del amanecer. Volverán a vigilar las vallas de Ceuta y Melilla, bajo el sol, el viento o la lluvia. Porque esa ha sido siempre la historia de la Guardia Civil. La historia de una Institución que nunca elige las crisis, simplemente acude a ellas para intentar solucionarlas.

Y quizá sea precisamente esa silenciosa normalidad la que explica por qué, cuando España atraviesa sus momentos más difíciles, espera que aparezcan los mismos.

Los de siempre. Porque la Guardia Civil siempre responde.