
Cuando en relación a la realidad de una ciudad que lleva semanas viviendo una situación excepcional y, ante las quejas de sus vecinos, se responde que lo que existe es una «sensación de inseguridad subjetiva», algo chirría. Y mucho.
Una cosa es utilizar el concepto de "inseguridad subjetiva" en un manual de criminología y otra muy diferente emplearlo delante de una población que ha visto suceder determinados hechos con sus propios ojos. En Ceuta no estamos hablando únicamente de percepciones o de rumores. Hablamos de hechos concretos, de violencia, de agresiones y de ataques que se han producido en las calles de la ciudad durante las últimas semanas.
Por eso conviene decir alto y claro que la inseguridad de Ceuta es objetiva.
El miedo puede ser subjetivo. Las causas que provocan ese miedo, no necesariamente. Y en Ceuta existen demasiadas causas objetivas como para despacharlas desde un despacho ministerial con una etiqueta académica.
Los días 30 y 31 de julio, aproximadamente 72.000 personas entraron irregularmente en Ceuta, según la cifra manejada por el Ministerio del Interior. En aquel momento, el propio ministro estimó que unas 5.000 permanecían todavía en la ciudad. Hoy el Gobierno ya reconoce que ni siquiera puede determinar con exactitud cuántas de aquellas personas continúan en Ceuta de manera ilegal. El ministro Ángel Víctor Torres informó el 8 de septiembre de que 4.516 habían regresado voluntariamente a Marruecos y 278 habían sido expulsadas, mientras seguía pendiente de conocer el número exacto de personas que permanecen en Ceuta.
Es ce una certeza objetiz que durante semanas, miles de personas que han entrado de forma ilegal en la ciudad de Ceuta han permanecido en las calles, playas y distintos puntos de una ciudad de apenas 20 kilómetros cuadrados.
Cuando una ciudad que ronda los 80.000 habitantes recibe de golpe una entrada irregular de la magnitud de su propia población, hablar de sus consecuencias como si fueran exclusivamente una construcción psicológica de sus ciudadanos resulta, cuando menos, sorprendente.
La seguridad de una ciudad no consiste en estadísticas, no consiste solamente en sumar denuncias y dividirlas por habitantes. También consiste en que sus ciudadanos puedan vivir, trabajar, desplazarse y llevar a sus hijos al colegio sin sentir que su entorno sde ha convertido en hostil porque ha dejado de estar bajo control.
Quizá el ejemplo más evidente lo tengamos en los propios acontecimientos de los últimos días.
El 6 de septiembre, 21 inmigrantes marroquíes fueron identificados después de participar en un episodio de violencia en el que los bomberos que acudieron a sofocar un incendio tuvieron que hacerlo protegidos por agentes de la Guardia Civil y militares. Según las informaciones objetivas y conocidas, previamente se habían producido peleas entre los propios inmigrantes y, posteriormente, las piedras comenzaron a dirigirse contra quienes estaban interviniendo para garantizar la seguridad y permitir que los bomberos pudieran realizar su trabajo.
No hace falta recurrir a conceptos abstractos para describir lo ocurrido. Hubo un incendio, hubo bomberos que acudieron a sofocarlo, hubo agentes de la Guardia Civil y militares que tuvieron que protegerlos y hubo lanzamiento de piedras contra quienes estaban allí para restablecer el orden.
Y no ha sido un hecho aislado.
El 27 de agosto, doce inmigrantes fueron detenidos después de apedrear un vehículo en el que viajaban cuatro militares. Los agentes que acudieron posteriormente tuvieron que intervenir y dos de los militares necesitaron atención médica.
Unos días antes, el 23 de agosto, tres inmigrantes que habían llegado a Ceuta de forma illegal el 30 de julio fueron detenidos acusados de agredir e intentar robar a un guardia civil que se encontraba fuera de servicio. El agente recibió golpes, patadas y puñetazos durante el intento de robo.
Cuando un guardia civil es atacado, no estamos ante una percepción de la agresión, sino ante una agresión que se ha producido realmente. Lo mismo ocurre cuando se ataca a militares o cuando quienes acuden a sofocar un incendio necesitan la protección de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad para poder realizar su trabajo.
Y detrás de los uniforme no hay una estadística. Hay personas trabajando, cumpliendo con su deber y exponiéndose a situaciones que no puede elegir.
La propia Fiscalía General del Estado ha constatado desde el inicio de la crisis un incremento de determinadas categorías delictivas, entre ellas las agresiones sexuales, los delitos contra el patrimonio y los atentados y resistencias contra la autoridad.
A 31 de agosto se habían contabilizado 23 procedimientos por agresiones sexuales, cinco de ellos por violación, y nueve de las víctimas eran menores de entre 14 y 17 años.
Podemos afirmar entonces que la propia Fiscalía ha constatado de forma objetiva un incremento de determinadas categorías delictivas durante la crisis, y esto no es propaganda, ni es una «sensación», no es algo subjetivo, son hechos y son hechos objetivos.
Lo que más preocupa de todo este asunto no es únicamente la utilización del término «inseguridad subjetiva», sino lo que parece esconder cuando se utiliza como respuesta política a los ciudadanos.
Cuando una persona dice que tiene miedo, lo primero que debería hacer un gobernante no es explicarle que su miedo es subjetivo. Debería preguntarle por qué tiene miedo y comprobar si existen motivos objetivos que expliquen esa percepción. En Ceuta los hay. Los hemos visto y los han sufrido los agentes, los militares y los ciudadanos.
No se trata de criminalizar a todo un colectivo ni de convertir el origen de una persona en una condena. Se trata de llamar a las cosas por su nombre.
Si una persona delinque, responde por su delito. Si agrede a un guardia civil, responde por agredir a un guardia civil. Si ataca a un militar, responde por atacar a un militar. Si roba, responde por el robo. Si ocupa una vivienda responde por ocupar la vivienda. Y si no tiene autorización para permanecer en España, las leyes de extranjería deben aplicarse.
Así funciona —o debería funcionar— un Estado de derecho.
Mientras políticos y tertulianos discuten sobre si la inseguridad es objetiva o subjetiva, hay ciudadanos, que siguen sufriendo agresiones, que siguen viendo la degradación de su ciudad, que siguen sintiendo inseguridad., Son guardias civiles, policias y militares quienes tienen que intervenir cuando una situación se descontrola, cuando se producen peleas, cuando alguien es agredido o cuando tienen que restablecer el orden. Son ellos quienes reciben las piedras y quienes acuden cuando se produce una agresión. Algo estamos haciendo mal cuando el debate se centra más en la percepción del ciudadano que en las condiciones en las que están trabajando quienes tienen que protegerlo.
Porque la seguridad no se construye con discursos. Se construye con presencia, autoridad, medios, prevención, control de las fronteras, capacidad de reacción y, sobre todo, con respaldo inequívoco a quienes llevan el uniforme.
Hay algo que un Estado de derecho jamás debería hacer, pedir serenidad al ciudadano mientras el delincuente provoca inseguridad
Los ceutíes no necesitan que nadie les explique lo que están viendo. Han visto llegar a decenas de miles de personas en apenas dos días. Han visto cómo algunas zonas de la ciudad se convertían en asentamientos improvisados y han asistido a conflictos, peleas, agresiones y ataques a quienes tienen la obligación de protegerlos. También han visto cómo, semanas después, la situación todavía está lejos de considerarse normal.
Por eso resulta difícil comprender que la respuesta desde el Ministerio del Interior sea hablar de una «sensación de inseguridad subjetiva».Claro que existe una percepción de inseguridad. Pero existe porque hay hechos objetivos que la alimentan.
Decirle a una población que su miedo es subjetivo cuando acaba de presenciar situaciones objetivamente violentas no resuelve nada. Al contrario, aumenta la distancia entre quienes toman las decisiones y quienes tienen que vivir con ellas.
Después de todo esto, cuesta entender que la respuesta del ministro del Interior sea hablar de una «sensación de inseguridad subjetiva». No puede considerarse simplemente una percepción lo que está sucediendo en Ceuta durante estas últimas semanas.
Y no hablamos de un único episodio aislado.
En las últimas semanas se han producido agresiones contra guardias civiles, policías y militares. El pasado 6 de septiembre, por ejemplo, los bomberos que acudieron a sofocar un incendio tuvieron que hacerlo protegidos por agentes de la Guardia Civil y militares, después de que las piedras comenzaran a dirigirse contra quienes estaban interviniendo para garantizar su seguridad. Veintiuna personas fueron identificadas por estos hechos.
¿De verdad puede explicarse todo esto como una «sensación de inseguridad subjetiva»?
Por supuesto que existe una percepción de inseguridad. Sería absurdo negarlo. Pero esa percepción no aparece de la nada. Tiene un origen y, cuando ese origen está formado por hechos concretos, recientes y perfectamente constatables, resulta poco serio pretender resolver el problema rebautizándolo como «inseguridad subjetiva».
El ciudadano no necesita que un ministro le explique cómo debe sentirse. Necesita que el Estado garantice las condiciones para que pueda sentirse seguro. Y ahí es donde está la verdadera cuestión. Y en Ceuta, durante este último mes, existen demasiados hechos objetivos como para pretender que todo se reduce a una sensación.
Los ciudadanos no están pidiendo que se les dé la razón en todo. Están pidiendo que se les escuche, que se les proteja y que quien tenga la responsabilidad de garantizar su seguridad no convierta sus preocupaciones en un problema de percepción. Porque la seguridad no consiste en convencer al ciudadano de que está seguro. Consiste en que realmente lo esté.
Y mientras los guardias civiles, policías y militares tengan que estar en las calles haciendo frente a situaciones de violencia para proteger a los demás, quizá sería conveniente que desde los despachos se dedicaran menos esfuerzos a explicar a los ciudadanos cómo deben sentirse y muchos más a garantizar que puedan volver a vivir con normalidad.
La inseguridad de Ceuta es una realidad que tiene causas, hechos y consecuencias. Y por eso, señor ministro, la inseguridad de Ceuta es objetiva.
Antonio Mancera Cárdenas
Director





































































