
La Benemérita reprimió un motín tras un intento de apuñalamiento en una corrida de novillos: un cabo y varios guardias frenaron al populacho y entregaron a tres cabecillas a la autoridad
La lectura del periódico Guía del Guardia Civil, de titularidad privada, existente entre 1850 y 1855, facilita una información resumida, pero de gran interés, sobre las actuaciones más relevantes de la Benemérita. Concretamente se publicaban en la sección Servicios del Cuerpo.
Tal y como se podía leer en el núm. 95, de 10 de mayo de 1853, “para nosotros que estamos dedicados a poner en conocimiento del público los servicios importantes que presta al país la institución de la Guardia Civil, nada es más grato y satisfactorio que al observar lo dignamente que los individuos del Cuerpo cumplen con sus deberes y el honroso comportamiento que en todas partes observan, granjeándose el aprecio y estimación de todos los españoles, que miran en cada Guardia civil un centinela perenne que vela constantemente por sus personas e intereses, persiguiendo sin descanso a los criminales, reprimiendo con prudente energía los motines y alborotos, origen siempre de infinitos males, y protegiendo a todo el que por cualquier acontecimiento o circunstancia necesita de su auxilio”.
Un buen ejemplo de ello se citaba seguidamente, mencionándose diferentes servicios practicados por toda España. Entre los practicados en la provincia de Cádiz se destacaba el realizado el 17 de abril de 1853, cuando, “al finalizar una corrida de novillos en la ciudad de Algeciras, estuvo a punto de alterarse la tranquilidad pública, con motivo de haber sido arrestado por los salvaguardias un sujeto que trataba de herir con un cuchillo a otro de aquellos vecinos”.
La crónica relataba lo acaecido y ponía en valor a la Benemérita: “El populacho, al ver que se llevaban preso al agresor, se amotinó para que le dejaran en libertad; más hallándose presente el Cabo 1º Luis Fernández, Comandante de aquel puesto, con los Guardias Joaquín Gallardo, Antonio Benion y Antonio Rodríguez, consiguió con su energía y prudentes reflexiones, hacer conocer a los alborotadores su errado proceder; desistiendo estos en consecuencia de su propósito al ver la actitud de los Guardias, en cuyo auxilio acudieron también el 2º Comandante y tres Oficiales con cuatro soldados del batallón de cazadores de Barbastro; siendo puestos a disposición de la autoridad tres de los principales motores del alboroto”.
La oportuna intervención de los componentes del benemérito puesto algecireño, en apoyo de los salvaguardias locales que inicialmente habían actuado, fue expresamente reconocida por el II Duque de Ahumada: “El Excmo. Sr. Inspector general del Cuerpo ha dispuesto se den las gracias al Cabo Fernández y los Guardias que le acompañaban, por lo mucho que contribuyeron a reprimir el expresado motín en su origen, evitando tal vez muchas desgracias”.
Seguidamente el periódico continuaba mencionando al citado cabo 1º Fernández y a los guardias civiles Gallardo y Rodríguez. Concretamente se relataba que diez días después del servicio anterior, habían detenido en Algeciras, “un ladrón que había robado varias caballerías”. Dicho delito había acaecido en la villa malagueña de Gaucín, próxima a nuestro Campo de Gibraltar.
Por otra parte, hay que significar que desde 1845 venían publicándose anualmente una Recopilación de Reales Órdenes y Circulares de interés general para el benemérito Instituto, por orden de su inspector general, el II Duque de Ahumada. Pero dado que todavía el Cuerpo carecía de un boletín oficial y el Guía del Guardia Civil, aunque fuera de titularidad privada, había comenzado a publicarse al inicio de octubre de 1850, dicha autoridad había dispuesto que volvieran a publicarse las circulares anteriores, “sobre objetos interesantes del servicio del instituto”.
Así, en el Guía del Guardia Civil núm. 106, de 1 de septiembre de 1853, se publicaba, entre otras, una circular fechada el 28 de junio de 1846, dimanante de la 3ª Sección de la Inspección General, y que estaba dirigida a los coroneles jefes de los Tercios.
Concretamente se les encomendaba que vigilasen que sobre las puertas de todas las casas cuarteles, estuviera, “en letras grandes y claras que puedan verse con facilidad”, la inscripción de “Casa Cuartel de la Guardia civil”. En aquellas poblaciones que hubiera alumbrado, se debía solicitar de la autoridad municipal correspondiente, “que uno de los faroles de la calle se coloque de manera que se pueda leer bien el letrero, para que cualquiera que necesite el auxilio de la Guardia civil pueda hallarlo con la mayor facilidad”.
Seguidamente, se disponía que en todas las casas cuarteles, al nombrarse el servicio, debía nombrarse “una pareja de imaginaria”, de la que uno de sus componentes, “desde la hora de silencio hasta la diana”, debía estar vestido, “y pronto a tomar las armas si es de infantería, y a montar a caballo si es de caballería, al primer aviso de cualquiera que reclame su auxilio, sin poder salir de la casa cuartel”. El otro guardia civil debía estar, “pronto a uniformarse y armarse al primer momento”.
También se ordenaba que en las casas cuarteles en que hubiere más de siete componentes, “deberá estar constantemente pronta una pareja”, mientras que en la que hubiese más de diez, debía quedar por la noche de “vigilante”, uno de los guardias civiles, “siempre vestido, para lo que alternará la pareja de imaginaria”.
Igualmente, “a fin de que el auxilio pueda darse siempre con la debida prontitud”, se ordenaba que en aquellos puestos que por su número de efectivos no debiera tener vigilante durante la noche, “duerma siempre un Guardia en donde pueda oír desde luego si llamasen a la puerta a deshora de noche”.
Caso de que los componentes del puesto tuvieran que vestirse y armarse durante la noche, “o enterarse de cualquier parte por escrito u otro servicio”, en las casas cuarteles debería haber siempre luz a encender, desde anochecer hasta después de amanecido, “la que pagarán todos de sus haberes”.
Respecto a los puestos situados en los “caminos reales”, es decir, las seis principales carreteras nacionales, “el Guardia de imaginaria deberá muy a menudo estar sobre el camino a la entrada o salida del pueblo, y en especial en las casas de postas, donde se mudan tiros, para tomar noticias y ser vistos del público, por si tuviesen algún aviso que dar o servicio que reclamar”.
Por último, finalizaba dicha circular en tales casos, ordenando que quien prestase el servicio de imaginaria, así como el resto del personal del puesto, debían tener, “siempre arreglado su vestuario, armamento y equipo, de modo que puedan vestirse, armarse y montar a caballo con la mayor prontitud”.
Jesus N. Núñez Calco
Coronel (R) Guardia Civil y Doctor en Historia











































































