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hervás

La diosa de la locura de los helenos se llamaba Mania.

En el camino de Arcadia a Messenia, en el lugar donde Orestes, en castigo por el asesinato de su madre, fue privado de la inteligencia, hubo un templo en el que los admiradores de esta terrible diosa celebraban sus terribles ritos.

La diosa de la locura con los griegos representa todas las posibles formas de frenesí y locura. Aquellos que vulneraron las leyes se vieron sometidos a su terrible venganza. Esta diosa de la locura procura inculcar a sus víctimas una gran confianza en sí mismos, junto con el desprecio por otros dioses y las tradiciones humanas. A veces Manía infunde un deseo tan fuerte que es verdadera pasión. Ciega tanto a la persona que le produce la locura. Esta diosa de la locura recuerda a las euménides, las despiadadas e implacables diosas malvadas de la venganza, que persiguen su sacrificio tanto en la tierra como en el inframundo. Las Erinias o Euménides eran diosas castigadoras que perseguían a los culpables de muchos crímenes. Eran fuerzas primitivas anteriores a los dioses olímpicos, por lo que no se sometían a Zeus. Eran hijas de la sangre derramada por el miembro de Urano cuando su hijo Cronos lo castró.

Los romanos creyeron que la diosa Manía era la Medusa Górgona, y también la hicieron sacrificios, esperando en respuesta la protección de los espíritus subterráneos oscuros. En Roma, sobre las puertas colgaba su imagen, tal vez para proteger su hogar de afrentas malignas. Nuestros antepasados la llamaban Rusich. Los eslavos, Mana o Magnya y la consideraron algo así como un fantasma canalla. De acuerdo con las creencias, surgió en forma de una vieja fea y angustiada, que mató a su hijo y fue obligada a dedicar el resto de su vida a buscarlo.

La Górgona Medusa llevaba un cinturón de serpientes, entrelazadas como una hebilla y enfrentadas entre sí. Medusa, única Górgona mortal, tenía serpientes venenosas en lugar de cabellos como castigo por parte de la diosa Atenea. Hoy en día habría demasiadas Górgonas en la política, por lo que se acabarían las especies de serpientes si decidieran adornar con ellas sus cabellos.

Pero la manía casa bien con el Hybris, esa soberbia que de ella deriva y que a quien la padece le hace cometer toda suerte de tropelías con ánimo de hacer crecer ese repugnante hybris. A muchos políticos me remito, algunos ya que incluso se salen. Es decir, que la manía y el hybris casan muy bien, lo más probable es que estén como cabras, con perdón de las cabras.

Epicuro de Samos decía que es impío no el que suprime a los dioses, sino el que los conforma a las opiniones de los mortales. Por eso, esos maniáticos del hybris creen estar por encima de todo aquello que la ética del bien representa y tienen la desfachatez de subordinarla a la voluntad propia. Pero claro, Platón ya lo aclaró suficientemente: es el dios el que es sabio, la sabiduría humana vale poco y nada.

¡Qué gran frase la de Platón! Vamos a detenernos en una ligera reflexión, aunque con cierta profundidad. Si miramos hacia arriba, lo que vemos es inalcanzable por la distancia, la multiplicidad y –en definitiva– el infinito: estrellas, galaxias, universos, metaversos… Pero si miramos hacia abajo, todavía es peor: células, moléculas, átomos, partículas subatómicas, energía y –al igual que antes– otro infinito, esta vez llamado la nada. Sí, porque la nada y el infinito son una misma cosa, con posible observación distinta. Solamente si miramos al lado podemos comprender algo: seres vivos animales, vegetales y tal vez minerales, pues desconocemos hasta qué punto el hierro, el agua, la cal, etc., tienen un criterio propio y de ahí deriva la potenciación de su mezcla. Igual sucede con los monos pelones (perdón, humanos), que según y cómo nos mezclemos podemos potenciarnos o destruirnos. Pero existe un pegamento potentísimo que nos hace crecer en fortaleza y desarrollo: el amor. Y si no lo ejercemos, si dejamos crecer en nosotros el hybris, la diosa manía se frota las manos y el destrozo que causamos a nosotros mismos y a los demás es notable, pues el odio y la locura son compañeros constantes de viaje.

Porque es la diosa manía quien infunde el odio a través de la exaltación del hybris. Aquiles luchaba por el honor, mientras que Agamenón lo hacía por el poder. Y el honor se perpetúa aun después de morir, mientras que el poder no. El poder es efímero y conflictivo, siempre expuesto a la traición y los celos. El honor es siempre una seña de admiración. Por eso, la diosa manía insiste en potenciar el hybris, para destruir más fácilmente no solo al soberbio, sino incluso su memoria, convirtiéndolo en un ser repugnante en la historia de esta vida nuestra.

Decía Horacio muy sabiamente que cuanto más se niegue uno a si mismo, tanto más recibirá de los dioses. Si, la humildad es el mejor camino del triunfo en esta vida y en todas las vidas por las que hubiéramos de pasar. Porque… ¿y si la vida fuese un elemento circular, repetitivo? Bueno, al menos eso nos cuenta el ADN, ya que es una riqueza común compartida no solo por padres e hijos, sino por todos los seres vivos. No cabe duda de que todos tenemos fragmentos genéticos de todo, desde los padres, abuelos y ancestros a las moscas, reptiles, peces… Es fundamental comprender que la vida es una riqueza común de todos los de este planeta y puede que también de otros.

Hay una frase de Donoso Cortés que me encanta: toda mi doctrina está aquí: el triunfo natural del mal sobre el bien, y el triunfo sobrenatural de Dios sobre el mal. Aquí está la condenación de todos los sistemas progresistas y perfecciones con que los modernos filósofos, embaucadores de profesión, han intentado adormecer a los pueblos, esos niños inmortales.

Sí, no podemos dejarnos guiar por la estupidez / estupidoz / estupidaz. Porque los tontos tienen más peligro que un chimpancé con un revólver. La lengua es algo que el tiempo crea, no algo que se improvise. Estos tontos con hybris son los más peligrosos de todos, pues no saben lo que hacen ni lo que quieren. Y son un blanco facilísimo de la diosa manía.

Un imbécil, más que notable, quemó el templo de Artemisa en Éfeso, pues la gente alteraba su hybris al no pronunciar su nombre debidamente, Eróstrato. Por ese infame acto, además de ser torturado y ejecutado, fue castigado con el olvido, por medio de lo que más tarde se empezó a llamar damnatio memoriae —literalmente condena de la memoria—. Aunque no fue ese el primer ni el último caso. Hitler se suicidó, a Stalin se le reventaron los sesos en una apoplejía a causa de su hipertensión. Churchill era un depresivo de campeonato. Y Kennedy estaba obsesionado con la juventud, así es que –tal vez por consejo de Marlyn Monroe– se inflaba a anfetaminas que le proporcionaba el médico de su amante actriz. Mao tenía más concubinas que pelos en la cabeza, además de un hijo esquizofrénico, y era un sexomaníaco.

No conozco políticos decentes. Tal vez por eso evolucione la humanidad tan lentamente. El grifo, por ejemplo, ese gran avance de tiempos no muy lejanos, ya lo tenían los romanos y desapareció, junto con las cañerías de agua hasta el reciente siglo XX de una manera generalizada.

Así es que –en la política– somos esclavos del hybris y las manías. Vamos por mal camino. Eso sin contar el “regosijo de trincá la guita”. Sic transit gloria mundi…

Sin embargo, todavía nos queda la Esperanza y esa esperanza se llama Instituto Benemérito de la Guardia Civil. Porque ahí el hybris brilla por su ausencia, ya que posee dos grandes virtudes: la militar y la moral.

La virtud militar la define muy bien Calderón:

Aquí la más principal hazaña es obedecer,

Y el modo como ha de ser es ni pedir ni rehusar.

Gracias a Dios que la Guardia Civil es un Instituto Militar. Por eso permanece ya casi dos siglos.

Y la moral la define el Honor, su principal divisa. El honor que es algo en el que no caben ni el hybris ni la diosa manía. El honor es sabiduría, porque solo los sabios tienen firmes convicciones morales. Es también referente de trato y cortesía. El Honor no insulta, no es engreído ni embustero, respeta al prójimo y se hace una piña con él en la virtud y la justicia. El honor es más que vida, es futuro y progreso de los hijos, de la sociedad, de la amistad, del bien, en definitiva.

Francisco Hervás Maldonado.

Coronel Médico (r)