
El sanguinario terrorista sale libre tras 30 años en prisión sin haberse arrependido de su trayectoria criminal ni haber perdido perdón a las victimas
Julen Atxurra Egurrola, alias ‘Pototo’ (también conocido como ‘Erreka’), abandonó este martes 15 de abril de 2026 la cárcel de Zaballa (Álava). Tiene 67 años y acumulaba condenas que sumaban más de un siglo de cárcel por su responsabilidad en asesinatos, secuestros y atentados como número tres de la dirección de ETA en 1996 y jefe de su aparato logístico. Cumplió exactamente 30 años efectivos gracias a la reforma legislativa de septiembre de 2024, aprobada por el Congreso.
Nacido en Lekeitio (Vizcaya) en 1959, Atxurra se integró en ETA en 1984 y pronto se convirtió en uno de los terroristas más operativos de la banda durante la década de los 90, la etapa de mayor crudeza de la “socialización del sufrimiento”.
Formó parte del temible Comando Vizcaya, uno de los más sanguinarios de la organización, y ascendió hasta dirigir la logística: suministro de armas, explosivos, infraestructuras y órdenes a los comandos. Fuentes policiales y judiciales lo situaban como responsable directo de múltiples acciones violentas, incluido el asesinato de un agente de la Policía Nacional en Galdakao en 1990 y dos atentados frustrados contra la Guardia Civil en Durango y Baracaldo en 1986.
Su nombre quedará ligado para siempre al secuestro más largo de la historia de ETA: el de José Antonio Ortega Lara, funcionario de prisiones burgalés. El 17 de enero de 1996, Ortega Lara fue secuestrado en el garaje de su domicilio en Burgos al regresar de su trabajo en Logroño. ETA lo calificó de “miembro del aparato represor” y exigió el traslado de presos etarras a cárceles vascas.
Atxurra, como jefe del aparato logístico y número tres de la dirección de la banda, ordenó personalmente la operación. El funcionario fue encerrado en un zulo excavado bajo una nave industrial en Mondragón (Guipúzcoa). El habitáculo medía apenas tres metros de largo por 2,5 de ancho y 1,8 de alto. Sin ventanas ni ventilación adecuada, la humedad del cercano río Deva provocaba hongos y diarreas constantes. Recibía dos marmitas: una para asearse y otra para sus necesidades. La comida consistía en frutas, verduras y agua; disponía de un walkman, libros y periódicos, pero el aislamiento era absoluto. Perdió 23 kilos, masa muscular y densidad ósea. Sufrió estrés postraumático, ansiedad y depresión.
El 1 de julio de 1997, tras una compleja operación de la Guardia Civil dirigida por el entonces capitán Manuel Sánchez Corbí con más de sesenta agentes, Ortega Lara fue liberado.
Siguiendo pistas de documentación incautada a un dirigente etarra en Francia, los agentes registraron la nave. Un mecanismo hidráulico oculto bajo una máquina pesada reveló la entrada del zulo. Desorientado y creyendo que lo ejecutaban, el funcionario gritó: “¡Matadme ya!”. Su rescate, junto con la detención de los cuatro secuestradores del comando "Bellotxa", supuso un duro golpe a ETA y marcó un antes y un después en la lucha antiterrorista. Ortega Lara se convirtió en símbolo de la resistencia de las víctimas.
En 2005, la Audiencia Nacional condenó a Atxurra a 32 años de prisión por ordenar este secuestro. También fue sentenciado a 14 años por ordenar el secuestro del empresario Julio Iglesias Zamora en 1993 —otro zulo que ETA reutilizó en su estrategia de presión— y acumuló penas adicionales por los atentados mencionados y otros delitos de sangre.
Un terrorista que nunca se arrepintió
A diferencia de otros etarras que han mostrado algún gesto de distanciamiento, Atxurra ha mantenido un discurso abiertamente justificador de la violencia de ETA incluso desde prisión. En una carta manuscrita de 27 páginas fechada en agosto de 2019 y hecha pública en 2020 para el documental El Desafío: ETA de Amazon Prime, escribió: “En ETA no entré, me metieron aquellos que pretendían comprar, prostituir y someter nuestras almas y la de nuestro pueblo: el dichoso Reino de España y su insaciable pretensión de ser Imperio”. Y remató: “ETA no ha sido derrotada”. La misiva, en la que reivindicaba la “militancia operativa” del Comando Vizcaya y su papel en la cúpula, provocó indignación entre las asociaciones de víctimas, que vieron en ella la persistencia de la ideología terrorista.
Detenido el 23 de julio de 1996 en una granja de Lasseube (Francia) junto a su pareja francesa Laurence Schlecht, Atxurra cumplió allí varios años de condena antes de ser extraditado a España en 2013. Desde entonces cumplía prisión en cárceles españolas, con traslados progresivos al País Vasco en los últimos años.
La noticia de su liberación ha reabierto el debate sobre la política de acercamiento y beneficios penitenciarios a los asesinos de ETA. Asociaciones de víctimas han expresado su malestar ante lo que consideran una “impunidad encubierta”.
Julen Atxurra Egurrola, dirigente clave en la estructura logística de ETA durante sus años más sangrientos, regresa a la calle sin haber cumplido ni la mitad de las penas impuestas por sus crímenes. El funcionario Ortega Lara, que perdió 532 días de su vida en un zulo por orden suya, sigue viviendo con las secuelas.
Las víctimas, una vez más, se preguntan si la memoria y la dignidad tienen también fecha de caducidad.












































































