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El 26 de marzo de 1856, tras la formación matutina y las novedades del día, el toque de cornetín dio la orden de marcha. La Compañía de Guardias Jóvenes, al mando del subteniente graduado y sargento primero don Tomás María Pérez y Rodríguez, abandonaba para siempre su sede de Pinto y se dirigía a la vecina localidad de Valdemoro, en Madrid.

foto 1 vañdemoroLos ochenta alumnos salieron de la “Casona” desfilando en formación de a tres, a paso ordinario. Poco después, al ritmo de fatiga, aligeraron toda la impedimenta, que fue cargada en los carros de transporte. Siguiendo el Camino Real de Andalucía, se despidieron de las autoridades locales y del pueblo de Pinto, pasando junto a la Ermita de San Antón.

Con aquella marcha se cerraba un capítulo de dos años, ocho meses y trece días. Desde el 13 de julio de 1853, cuando la compañía se había instalado como Comandancia de segunda clase en la localidad de Pinto, aquel había sido su hogar y centro de instrucción.foto 2 valdemoro

El subteniente había llegado acompañado de un cabo, un guardia de primera clase y los doce guardias jóvenes que la historia del Colegio recordaría para siempre como “los doce apóstoles”. Su primer domicilio fue la “Casa Grande” de la familia Pantoja.

Con gratitud y la satisfacción del deber cumplido, los jóvenes guardias iniciaban una nueva etapa como vecinos de Valdemoro.

La decisión de mudarse no había sido improvisada. El 30 de septiembre de 1855, pese a las gestiones realizadas para encontrar un nuevo local en Pinto, las autoridades y vecinos no habían podido ofrecer solución. Fue entonces cuando se adquirió, en la localidad inmediata de Valdemoro y siempre junto al Camino Real de Andalucía, el solar en ruinas que había albergado la antigua “Real Fábrica de Paños Finos”.

El Colegio encontraba allí el nuevo emplazamiento de la Compañía de Guardias Jóvenes.

El edificio, de unos dos mil metros cuadrados construidos sobre una parcela de cuatro mil doscientos, fue adquirido por 110.000 reales de vellón. La operación fue firmada por el tercer Inspector General de la Guardia Civil, Excmo. Sr. D. Facundo Infante Chaves, en representación de la institución, y por dos comisiones de la extinta compañía de Lonjistas. Muy pronto los alumnos le pusieron el cariñoso apodo de “Corralillo”.

Aquel sería, desde entonces, su nuevo hogar: el lugar donde se formarían cincuenta mil futuros guardias civiles y, además, numerosos “carreristas” —empleados de correos, telégrafos, ferrocarriles, magisterio, amanuenses, militares de carrera y profesionales de artes y oficios— que llevarían el espíritu “POLILLA” y de la propia Benemérita a todos los rincones de España.

foto 3 valdemoro

Jesús Ramilo Guijarro

Suboficial Mayor (R) Guardia Civil