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En los últimos días ha circulado en redes sociales un mensaje que, desde un enfoque marcadamente negativo, pretende disuadir a los posibles aspirantes a ingresar en la Guardia Civil.

A través de una enumeración de supuestas carencias y desventajas, se proyecta una imagen distorsionada de una de las instituciones más valoradas y respetadas de España. Frente a ese planteamiento, resulta no solo legítimo, sino necesario, ofrecer una visión más equilibrada, serena y honesta. La Guardia Civil no es una empresa ni una simple salida laboral.

Es una institución con casi dos siglos de historia, profundamente arraigada en la sociedad española, que ha sabido evolucionar con los tiempos sin perder su esencia: el servicio al ciudadano, la protección de los derechos y la defensa del bien común. Quien decide vestir su uniforme lo hace movido por valores como el compromiso, la responsabilidad, el sacrificio y el orgullo de pertenecer a un cuerpo que forma parte del ADN colectivo de nuestro país. Reducir la realidad de la Guardia Civil a una sucesión de mensajes desalentadores no solo resulta injusto, sino también profundamente simplista.

Como en cualquier profesión exigente, existen dificultades, retos y aspectos mejorables. Pero también hay estabilidad, vocación, compañerismo, desarrollo profesional y una enorme satisfacción personal derivada del deber cumplido. Poner el foco únicamente en lo negativo es ignorar deliberadamente todo aquello que da sentido y valor a esta forma de vida.

Ser guardia civil implica asumir una responsabilidad especial con la sociedad. Significa estar presente donde otros no llegan, prestar auxilio cuando más se necesita y garantizar la seguridad en los entornos más diversos: pueblos, carreteras, fronteras, montañas, costas y ciudades.

Esa versatilidad, ese espíritu de servicio y esa cercanía al ciudadano explican por qué la Guardia Civil sigue siendo, año tras año, una de las instituciones mejor valoradas por los españoles. Quienes se sienten beneméritos saben que la Guardia Civil no se mide solo en condiciones laborales, horarios o retribuciones. Se mide, sobre todo, en valores, en vocación y en orgullo de pertenencia.

Es una elección vital que trasciende lo material y que conecta con una forma muy concreta de entender el servicio público. La crítica es legítima y necesaria para avanzar. Pero debe construirse desde la responsabilidad, el rigor y el respeto. Convertirla en un discurso sistemáticamente desalentador no contribuye a mejorar la institución ni a dignificar la profesión.

Muy al contrario, alimenta una percepción injusta que no se corresponde con la realidad diaria de miles de hombres y mujeres que sirven con profesionalidad, entrega y lealtad. Llegados a este punto, quizá convenga recordar, con una pizca de ironía y mucha intención, aquel viejo refrán de nuestro acervo popular: «no hay mal que por bien no venga». Si este tipo de mensajes disuasorios llegaran a surtir efecto, tal vez acabarían funcionando, sin pretenderlo, como un saludable filtro natural.

Porque quien se deja vencer por un listado de dificultades probablemente no esté preparado para asumir una profesión que exige vocación, resiliencia, compromiso y espíritu de servicio. La Guardia Civil no necesita números; necesita personas convencidas, firmes y dispuestas a dar lo mejor de sí mismas. A quienes estén pensando en dar el paso, conviene decirles que la Guardia Civil no es un camino sencillo, pero sí profundamente digno.

Que encontrarán sacrificio, sí, pero también compañerismo, estabilidad, desarrollo profesional y la satisfacción de servir a la sociedad desde una institución histórica y esencial para la convivencia democrática.

Porque ser guardia civil no es solo un trabajo. Es una vocación. Y, para muchos, un auténtico orgullo.

JOSE MANUEL CORRAL PEON
Comandante (R) Guardia Civil