
Como lingüista especializado en la historia de las lenguas románicas, es frecuente encontrar la idea equivocada de que el español (o castellano) es una lengua "derivado del árabe" o incluso "árabe mal hablado".
Esta creencia surge sobre todo por la presencia visible de palabras que empiezan con "al-" (como almohada, aceite o alcohol), que remiten al artículo definido árabe al-. Sin embargo, esta percepción es un malentendido: el español no proviene del árabe, sino que es una lengua romance nacida directamente del latín vulgar hablado en la península ibérica durante el Imperio Romano.
El verdadero origen del español: una lengua romance del latín
El español pertenece a la familia de las lenguas indoeuropeas, específicamente al subgrupo romance, junto con el francés, el italiano, el portugués, el catalán o el rumano. Su origen se remonta al latín vulgar —la variedad coloquial hablada por soldados, colonos y pueblo llano en la Hispania romana— a partir del siglo III a.C.
Con la caída del Imperio Romano en el siglo V d.C., este latín evolucionó de forma independiente en la península, incorporando influencias de lenguas prerromanas (como el celta o el íbero) y de las invasiones germánicas (visigodos). Hacia los siglos IX-X, en la zona norte de la actual España (principalmente en Castilla), surgió el romance castellano primitivo, documentado en las Glosas Emilianenses (siglo X), considerados los primeros textos escritos en una forma temprana de español.
Fuentes autorizadas, como la Real Academia Española (RAE) y estudios históricos, confirman que más del 75% del vocabulario español proviene directamente del latín (o del griego a través del latín). La gramática, la sintaxis, los pronombres, las conjugaciones verbales y la estructura básica de la lengua son herencia romana, no semítica (el árabe pertenece a la familia afroasiática, completamente distinta).
La influencia árabe: importante, pero solo léxica y minoritaria
Entre 711 y 1492, gran parte de la península ibérica estuvo bajo dominio musulmán (periodo conocido como Al-Ándalus). Durante casi ocho siglos de convivencia, el árabe —lengua de administración, ciencia y cultura— dejó una huella profunda en el romance hispánico, sobre todo en el léxico. Estas palabras prestadas se llaman arabismos.
¿Cuántos hay? Las estimaciones más aceptadas por lingüistas y la RAE indican que existen alrededor de 4.000 arabismos en el español actual (incluyendo derivados). Esta cifra aparece repetidamente en fuentes académicas, como estudios de la UNED, la RAE y filólogos como Rafael Lapesa.
El Diccionario de la lengua española (DLE) de la RAE, en su edición más reciente, registra aproximadamente 93.000 a 100.000 entradas (la edición de 2014 tenía 93.111; las actualizaciones digitales superan las 100.000 consultas mensuales récord, pero el núcleo léxico se mantiene en ese rango). El léxico total del español, incluyendo términos técnicos, regionalismos y neologismos, supera las 300.000 palabras según algunas estimaciones amplias.
En cuanto al porcentaje, los arabismos representan aproximadamente el en torno al 4-5% del léxico español, según diversas fuentes académicas y divulgativas, dependiendo de si se cuenta solo el vocabulario básico o el extendido. En cualquier caso, es una minoría: el árabe no alteró la estructura gramatical ni el núcleo del idioma, sino que aportó sobre todo términos relacionados con agricultura (naranja, acequia, algodón), ciencia (álgebra, algoritmo, cenit), administración (alcalde, aduana) y vida cotidiana (almohada, guitarra, tarea).
Esta influencia es un préstamo cultural, similar a cómo el español moderno incorpora anglicismos hoy (como weekend o smartphone), sin que por ello deje de ser una lengua romance.
¿Por qué persiste el mito?
El mito surge por la visibilidad de los arabismos: muchos son palabras cotidianas y conservan el artículo árabe "al-", lo que los hace reconocibles. Además, en redes sociales y debates no académicos, se exagera esta influencia para fines ideológicos o sensacionalistas. Sin embargo, los expertos coinciden: el español es "hijo del latín" con enriquecimientos externos, no una lengua derivada del árabe.
En resumen, el español es una lengua romance de raíz latina con una valiosa herencia árabe que enriquece su vocabulario, pero no lo define. Esta convivencia histórica es un ejemplo de sincretismo cultural que hace al español único, sin alterar su esencia indoeuropea.
La próxima vez que uses "ojalá" (de in sha Allah, "si Dios quiere"), recuerda que es un arabismo en una frase perfectamente romance







































































